En Venezuela el poder se sostiene sobre acuerdos frágiles entre mandos militares, tecnócratas y viejos cuadros del Partido Socialista. Esa lenta erosión del consenso alimenta una división interna chavista que nadie puede ocultar.
Negociaciones discretas con Estados Unidos, sanciones selectivas y disputas burocráticas dibujan un escenario volátil para los próximos meses. En ese marco cualquier transición democrática en riesgo aparece condicionada por la incertidumbre política venezolana y por la posibilidad real de choques abiertos dentro del propio chavismo.
Dos frentes en disputa dentro del poder venezolano
Tras la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero en una operación coordinada con agencias de Estados Unidos, el poder venezolano quedó en manos de una cúpula nerviosa y fragmentada. La presidencia provisional de Delcy Rodríguez se apoya en su entorno civil, en parte del PSUV y en tecnócratas que priorizan evitar un colapso económico absoluto y nuevas sanciones financieras. Ese sector busca fórmulas discretas de negociación con Washington, calculando qué concesiones en derechos humanos, petróleo o apertura política podrían reducir la presión internacional sin desencadenar una rebelión dentro del chavismo. Cada gesto que sale de Miraflores se lee, al mismo tiempo, como intento de estabilización y como maniobra para ganar tiempo.
En paralelo se consolida un bloque armado con agenda propia, integrado por altos mandos de la Fuerza Armada, servicios de inteligencia y viejos cuadros del PSUV. Analistas consultados en el Cidob describen ese núcleo como un frente civil y militar que desconfía de cualquier negociación que ponga en riesgo su impunidad judicial. Allí el liderazgo de Diosdado Cabello resulta decisivo, tanto por su ascendiente personal sobre generales clave como por los expedientes que acumula, incluidos los vinculados a la DEA. Este sector percibe que una transición mal diseñada podría terminar en extradiciones y juicios, y por eso presiona para mantener el control de los resortes coercitivos del Estado.
- Presión simultánea de Estados Unidos, la Unión Europea y países latinoamericanos para forzar una apertura política.
- Miedo extendido en la élite chavista a procesos penales por violaciones de derechos humanos y corrupción.
- Dependencia de apoyos de Rusia, China e Irán para sostener finanzas, armamento y suministros básicos.
- Rivalidad entre civiles y militares por el control de empresas estatales, puertos, aduanas y negocios ilícitos.
El papel de Delcy Rodríguez y el control de Diosdado Cabello
La llegada de Delcy Rodríguez a la jefatura del Estado tras la caída de Maduro no fue el desenlace previsto por la mayoría de las facciones chavistas. Dentro de Miraflores, el gobierno de Delcy Rodríguez intenta mostrarse cohesionado, combinando un discurso duro hacia Estados Unidos con mensajes prudentes hacia los aliados internacionales que sostienen financieramente al régimen. Analistas como Melissa Salmerón apuntan que la presidenta interina carece de base propia en los cuarteles y depende de equilibrios frágiles con generales y gobernadores regionales. Esa vulnerabilidad condiciona el equilibrio de poder interno y limita su margen para aceptar una transición negociada sin provocar represalias de los sectores más duros del chavismo.
Los cambios en el dispositivo de seguridad presidencial muestran hasta qué punto esa relación es delicada. Después de la captura de Maduro, Rodríguez mantuvo al principio la estructura heredada, pero poco después modificó mandos clave de la guardia de honor presidencial, incorporando oficiales con mejor relación con el ala militar de Cabello. Para Salmerón, este tipo de sustituciones estratégicas no solo buscan reforzar la seguridad física de la mandataria, sino también enviar señales a los cuarteles sobre quién controla realmente el Palacio. Cada relevo en la escolta o en los servicios de inteligencia se interpreta como un ajuste fino en la correlación de fuerzas dentro del chavismo.
A tener en cuenta: los relevos en la seguridad de Miraflores funcionan como un termómetro del pacto inestable entre Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello.
Riesgo de fractura y escalada de violencia interna
El derrocamiento de Nicolás Maduro el 3 de enero ha dejado un vacío de poder complejo de gestionar en Caracas, pese al rápida maniobra de Delcy Rodríguez para asumir la presidencia. Las negociaciones discretas con Washington conviven con un discurso de resistencia frente a la injerencia estadounidense, lo que crea mensajes contradictorios para las bases chavistas. En este escenario, la figura de Diosdado Cabello, jefe del ala dura y con una orden de captura de la DEA, gana peso frente a un liderazgo civil debilitado. Diversos analistas señalan que cualquier intento de transición pactada puede desembocar en un estallido de conflicto intrachavista que haga todavía más impredecible la correlación de fuerzas dentro del régimen.
La sustitución del jefe de la guardia de honor presidencial por un militar muy cercano a Cabello, anunciada tras la operación estadounidense, ha disparado las sospechas de que el dispositivo de seguridad podría estar más orientado a vigilar a Delcy Rodríguez que a protegerla. Si el sector armado percibe que una negociación abre la puerta a juicios y extradiciones, la reacción podría ser muy agresiva y alimentar el miedo a una posible guerra civil. Diversas voces en el Cidob alertan de que un cierre en falso de la crisis, sin garantías para los cuadros medios, justificaría una mayor coerción de las fuerzas de seguridad sobre la población, con el argumento de preservar la “revolución bolivariana”.
Ese cambio implicaría la desaparición del régimen, y quizás unirse a Maduro en la cárcel.
Melissa Salmerón, analista venezolana
Una oposición entre la espera y la desmoralización tras el veto a María Corina Machado
Los partidos opositores han quedado en segundo plano tras la captura de Maduro y el desembarco de tropas estadounidenses, sin capacidad real para condicionar las decisiones que se toman en Miraflores o en Washington. El miedo a una nueva ola represiva mantiene a muchos dirigentes en la clandestinidad o fuera del país, lo que ha frenado la coordinación de una respuesta. Aun así, gran parte de la sociedad sigue mirando hacia el liderazgo de María Corina, pese a que la Casa Blanca la haya descartado por ahora como figura de transición. La prohibición de que asuma un rol inmediato ha generado frustración entre las bases y ha acelerado una visible desmovilización opositora que se refleja en calles vacías y en silencio en los barrios tradicionalmente movilizados.
Algunos observadores interpretan esta pausa como un posible proceso de reorganización interna, mientras otros la leen como derrota psicológica tras años de protestas infructuosas. El anuncio de Trump de apostar por una reforma del chavismo sin Maduro, en lugar de apoyar abiertamente a la oposición, ha sido recibido como una traición por parte de militantes que esperaban elecciones libres bajo supervisión internacional. Para varios analistas, solo un amplio reagrupamiento político permitiría transformar ese malestar en fuerza organizada. El calendario político venezolano queda así suspendido, a la expectativa de lo que se decida en los despachos de Caracas y Washington.
Seguramente, el pueblo venezolano necesita ayuda exterior para una transición, pero esto no significa una operación militar.
Anna Ayuso, investigadora sénior del Cidob



